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promesa de Álvaro Uribe de ganar la guerra colombiana
lo llevó a la Presidencia en 2002 y 2006, con votaciones
arrasadoras, en un escenario de recuperación económica
regional de la que Colombia no fue excepción. Su gobierno,
tercero en el mundo en asistencia militar estadounidense, mantiene
a las guerrillas izquierdistas a raya de los centros urbanos,
disminuido el secuestro y despejadas las principales carreteras,
lo que aumentó la percepción de seguridad y atrajo
inversión. Logró la polémica desmovilización
de un amplio sector del paramilitarismo ultraderechista, comandado
por capos del narcotráfico y responsable, según
la ONU, de 80 por ciento de los crímenes. Pero la guerra
sigue, y la pobreza alcanza a casi la mitad de la población.
Los campesinos huyen a las grandes ciudades y configuran el
segundo mayor desplazamiento forzado del mundo, después
de Sudán. El negocio de la cocaína es el combustible
del enfrentamiento. Y sus principales víctimas, la población
civil, los derechos humanos y la verdad. Lea la cobertura especial
de IPS.
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