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WASHINGTON, 3 dic (IPS) La segunda fase de la guerra de Estados
Unidos contra el terrorismo, y en especial una posible acción
militar para derrocar al presidente de Iraq, Saddam Hussein,
resurgieron en Washington como tema favorito de especulación
ante la inminente derrota del grupo Talibán en Afganistán.
Aunque la idea de un ataque a Bagdad parecía rebuscada
cuando Washington y la rebelde Alianza del Norte apenas avanzaban
en Afganistán, el repentino colapso del régimen
Talibán en noviembre puso el tema de nuevo sobre la
mesa, para disgusto de los aliados árabes y europeos
de Estados Unidos.
Esos aliados creen, con razón, que los enemigos de
Saddam Hussein -concentrados en el Pentágono y en el
círculo del vicepresidente Dick Cheney- resultaron
fortalecidos en las últimas tres semanas con respecto
al moderado más influyente del gobierno, el secretario
de Estado Colin Powell, por varios motivos.
En primer lugar, los éxitos de la campaña militar
en Afganistán aumentaron la estatura e influencia del
secretario de Defensa, Donald Rumsfeld, cuyo segundo, Paul
Wolfowitz, es considerado el líder de las fuerzas contrarias
a Saddam Hussein dentro de la administración desde
los atentados del 11 de septiembre en Nueva York y Washington.
"La gran esperanza de los partidarios de la guerra es
que la influencia aumentada de Rumsfeld decida la cuestión",
escribió Edward Luttwak, miembro del Centro de Estudios
Estratégicos e Internacionales, en el diario Los Angeles
Times.
"Si todo va bien en Afganistán, Rumsfeld será
el gran triunfador, desplazando a Powell como el asesor presidencial
más importante", agregó Luttwak, un antiguo
socio de Wolfowitz y de Richard Perle, presidente de la Junta
sobre Políticas de Defensa, otro radical sobre la cuestión
de Iraq.
Aparte de los éxitos militares en Afganistán,
la forma en que fueron alcanzados -mediante bombardeos aéreos
combinados con ofensivas terrestres de grupos afganos rebeldes
asesorados por las Fuerzas Especiales de Estados Unidos- también
contribuyó al resurgimiento de las fuerzas contrarias
a Saddam Hussein en Washington.
El general Powell, respaldado por la mayor parte del ejército,
advirtió reiteradamente que la expulsión del
presidente iraquí exigiría una fuerza de invasión
masiva.
Sin embargo, arguyen los radicales, las victorias logradas
en Afganistán, al igual que en la provincia serbia
de Kosovo en 1999, demuestran que la fuerza aérea combinada
con una presencia terrestre muy limitada y un grupo insurgente
colaborador podría ser suficiente.
El apoyo militar a los rebeldes kurdos en el norte de Iraq
y eventualmente a los chiítas en el sur -áreas
en que Estados Unidos impuso una zona de exclusión
de vuelos contra aviones de Bagdad- podría, con el
asesoramiento táctico y bombardeos de fuerzas estadounidenses,
alcanzar los mismos resultados que en Afganistán, en
opinión de los radicales.
"No lo recomendaría (invadir Iraq) de una forma
convencional", aclaró Perle en declaraciones a
The Wall Street Journal, la semana pasada. "El modelo
sería similar al aplicado en Afganistán".
Un tercer factor que alentó a los radicales fue una
declaración del propio presidente de Estados Unidos,
George W. Bush, pronunciada el 26 de noviembre en una conferencia
de prensa.
Por primera vez, el mandatario sugirió que el desarrollo
de armas de destrucción masiva podría convertir
a Iraq en un objetivo de la guerra contra el terrorismo.
"Saddam Hussein había aceptado permitir inspecciones
en su país, y para probar al mundo que no está
desarrollando armas de destrucción masiva, debe dejar
que vuelvan los inspectores", dijo Bush.
Interrogado sobre qué haría si Saddam Hussein
se rehusara a cooperar, respondió que "él
mismo se dará cuenta", porque "Afganistán
es sólo el comienzo".
Las declaraciones de Bush pasaron por alto la principal objeción
presentada por Powell y los aliados árabes y europeos
de Washington a un ataque contra Bagdad: la falta de pruebas
que vinculen al presidente iraquí con la red terrorista
Al Qaeda del saudí Osama bin Laden, mucho menos con
los atentados del 11 de septiembre.
Pero Bush dejó claro que una eventual decisión
de atacar a Iraq no dependería de esas pruebas.
"Básicamente dijo que no eran relevantes y que
no le importaba particularmente", comentó un asesor
del Congreso.
Powell, como buen soldado, saludó a su comandante
en jefe y dijo que las palabras de Bush constituyen "un
mensaje muy serio" hacia Iraq, pero no hay duda de que
sus esfuerzos por evitar una guerra con Bagdad sufrieron un
revés.
Por supuesto, todavía cuenta con aliados formidables,
algunos de los cuales ya replicaron al discurso de Bush.
"Todas las naciones europeas verían con gran
escepticismo una ampliación del conflicto a Iraq",
dijo el ministro de Relaciones Exteriores de Alemania, Joschka
Fischer, mientras que el canciller (jefe de gobierno) Gerhard
Schroeder advirtió que se debe tener "especial
cuidado" al discutir nuevos objetivos en Medio Oriente.
El presidente de Egipto, Hosni Mubarak, se apresuró
a respaldar las advertencias del gobierno alemán.
Y Turquía, que jugaría un papel clave en una
campaña militar contra Bagdad, como lo hizo en la guerra
del Golfo hace 10 años, siente muy poco entusiasmo
por cualquier acción que pueda resultar en la creación
de un Kurdistán en el norte de Iraq, ya que sería
un revés para su lucha contra los rebeldes kurdos.
Así mismo, Powell cuenta con gran apoyo entre los
militares y figuras destacadas de política exterior,
quienes han advertido que comparar a Talibán con la
Guardia Republicana de 100.000 hombres de Saddam Hussein sería
como comparar a la Alianza del Norte de Afganistán
con el inexperiente Congreso Nacional Iraquí, la fuerza
que los radicales estadounidenses proponen como "apoderada"
en Iraq. (FIN/IPS/tra-en/jl/mlm/ip/01)
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