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MONTEVIDEO, 5 nov (IPS) Nunca una guerra ha tenido frentes
tan difusos y confusos, estrategias contrapuestas tan diferentes,
se ha librado entre bandos que viven en estadios históricos
tan lejanos y ha tenido una proporción de víctimas
civiles tan elevada.
"Una parte de la información obtenida en la guerra
es contradictoria, otra parte todavía más grande
es falsa, y la parte mayor es, con mucho, dudosa", afirmaba
el general prusiano Karl von Clausewitz (1780-1831), en su
ensayo "De la guerra".
Aun así, algunos datos son grandes como montañas.
Hasta el momento, han muerto entre 6.000 y 7.000 personas,
considerando los atentados terroristas y los ataques aéreos
estadounidenses. Y las bajas militares apenas superan el centenar.
Es la guerra con la mayor proporción de bajas civiles
de la historia.
Los frentes y los objetivos son los más difusos: entre
ellos figuran los símbolos del poder económico,
político y militar de Estados Unidos. Pero, en realidad,
el frente principal es el del miedo, el de la psicología
social de los estadounidenses.
Desde los aviones-bomba hasta el ántrax, todo apunta
a crear intranquilidad, a destruir las certezas y por esa
vía minar los nudos de la economía de la gran
potencia y la locomotora económica del mundo global.
Y ni siquiera se sabe si los responsables del terrorismo
aéreo y el bacteriológico son los mismos.
En el territorio afgano, con una infraestructura inexistente
y casi medieval, sin grandes centros de comando y de comunicaciones,
con una fuerza aérea herrumbrada y obsoleta, las bombas
y misiles del mayor complejo tecnológico-militar del
orbe y de la historia apuntan a los campamentos fantasma de
Al Qaeda, en cuevas y refugios diseminados en las montañas.
Sólo ahora, tres semanas después, comienzan
a atacar las concentraciones de tropas de Talibán,
el movimiento islámico que controla la mayor parte
del territorio afgano, en el frente septentrional.
A cualquier analista militar le resulta muy difícil
explicar el uso de estas tecnologías, la cantidad de
errores cometidos y los altos "efectos colaterales"
(muerte de civiles), considerando los objetivos declarados.
El dominio de los cielos de Afganistán estaba garantizado
mucho antes de que cayera la primera bomba estadounidense.
Podría aplicarse perfectamente una sentencia del escritor
argentino Leopoldo Marechal (1900-1970): "La guerra ya
no es un arte: es una demolición"
Las tropas especiales de Estados Unidos son hasta hoy las
grandes ausentes, los otros fantasmas de esta guerra. Hicieron
una furtiva incursión nocturna, casi un paseo demostrativo
por un aeródromo, y volvieron a sus bases.
El secretario (ministro) de Defensa estadounidense Donald
Rumsfeld habló la semana pasada de un pequeño
contingente de tropas en el norte y en el sur de Afganistán.
Su presencia es abundante en la prensa y en Internet, pero
nula en el campo de batalla.
Las bombas y los amagos de las fuerzas especiales no parecen
haber surtido el efecto esperado por los estrategas estadounidenses.
El miedo, las deserciones masivas, el desbande de las tropas
de Talibán frente a sus adversarios de la Alianza del
Norte brillan por su ausencia.
La conquista de puntos clave en el territorio de Afganistán
son una especulación periodística y poco más.
Talibán mantiene el control sobre la septentrional
ciudad de Mazar-e-Sharif, su aeropuerto y la estratégica
carretera construida por los soviéticos que une el
norte con Kabul.
Hay un factor absolutamente nuevo en esta guerra. En los
40 siglos precedentes, el instinto biológico de conservación
primó sobre cualquier otra consideración. Toda
la estrategia y la doctrina militar se basaba en preservar
la propia vida y destruir al enemigo. Este era el cimiento
de todas las estrategías.
Hoy, esa doctrina se vino al suelo con las dos inmensas torres
gemelas del World Trade Center neoyorquino y con un sector
del edificio del Pentágono en Washington, pues los
terroristas utilizan su propia vida como arma.
Estados Unidos parece, hasta ahora, decidido a no sufrir
bajas militares, a preservar por encima de todo a sus soldados
y a utilizar y saturar todo con tecnología. Más
que el enfrentamiento entre dos culturas es el enfrentamiento
de dos periodos históricos separados por 10 siglos.
Esta guerra ya tiene una baja ilustre: la doctrina Powell,
que orientó las acciones militares estadounidenses
en Granada (1983), en Panamá (1989) y, sobre todo,
en la guerra del Golfo (1991).
La doctrina atribuida al general Collin Powell, actual secretario
de Estado (canciller) estadounidense y edificada sobre la
amarga experiencia de Vietnam, se basaba sobre un principio
central: cuando se decide la utilización de la fuerza,
ésta debe ser aplastante y devastadora en hombres y
medios.
Esta doctrina insiste en que no se debería lanzar
un ataque antes de tener objetivos políticos claros
y un plan para retirar a las tropas estadounidenses del campo
de batalla.
Pero primero Washington debería mostrar si está
dispuesto a colocar las tropas sobre el terreno y arriesgarse
a un brusco e importante aumento de las perdidas de soldados
y oficiales.
Este hecho agravaría aun más el delicado frente
interno de la guerra psicológica, avivando los fantasmas
de Vietnam.
Como puede apreciarse, ésta es una guerra más
llena de preguntas que de certezas. Pero la más compleja
de todas ellas es: ¿cómo se gana y se termina
esta guerra?
La conquista territorial y la substitución de Talibán
en el gobierno de Kabul abrirá grandes interrogantes
políticas y diplomáticas sobre las reacciones
de Pakistan, de Rusia, de las repúblicas del Caúcaso
y, más en general, del mundo islámico.
En el plano militar, se mantendrá la duda sobre la
continuidad de un conflicto contra fuerzas irregulares diseminadas
en las montañas de Afganistan, pero sobre todo con
células terroristas en muchos países en el mundo,
mucho más fanáticas y dispuestas al supremo
sacrificio de la guerra santa. Con o sin la captura de Osama
bin Laden.
La mitología dice que fue precisamente en el Caúcaso
donde se abrió la caja de Pandora. Por ahora, sólo
están saliendo las furias y los fantasmas.
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