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NUEVA DELHI, 10 dic (IPS) La tinta del acuerdo de Bonn para
un gobierno interino de base amplia en Afganistán apenas
se había secado cuando comandantes militares afganos
y países vecinos comenzaron a oponerse y a manifestar
sospechas hacia la nueva administración.
Muchas de las críticas al acuerdo entre líderes
afganos para formar una administración interina de
29 miembros encabezada por Hamid Karzai pueden deberse al
papel dominante de Estados Unidos en su redacción y
a la resultante composición desequilibrada del régimen.
Esto podría ser causa de inestabilidad y caos en Afganistán,
donde el grupo fundamentalista islámico Talibán,
que hasta principios de noviembre gobernaba casi todo el territorio,
quedó reducido a pequeñas bolsas de resistencia
por los bombardeos aéreos de Estados Unidos y las ofensivas
terrestres de la opositora Alianza del Norte.
Mucho después de la rendición del mulá
Mohammed Omar, líder supremo de Talibán, y de
la eventual captura "vivo o muerto" del saudí
Osama bin Laden, a quien Estados Unidos responsabiliza por
los atentados del 11 de septiembre, persistirán los
factores que dieron origen a Talibán y su colaboración
con la red terrorista Al- Qaeda.
Así mismo, persistirá el legado de la intervención
de Washington.
Las cuatro delegaciones que firmaron el acuerdo de Bonn el
día 5 representaban a la Alianza del Norte, al grupo
de Roma (un grupo de exiliados leales al antiguo rey Zahir
Shah), y a dos grupos más pequeños de exiliados
establecidos en Peshawar, Pakistán, y en Chipre.
El llamado grupo de Peshawar pertenece mayoritariamente a
la etnia patán o pashtun -igual que la mayoría
de los Talibán-, y el de Chipre es de mayoría
musulmana chiíta de la etnia hazara.
La más fuerte oposición al acuerdo de Bonn
-impulsado por Estados Unidos y patrocinado por la Organización
de las Naciones Unidas (ONU)- procede de dentro de la propia
Alianza del Norte.
La Alianza es la triunfadora en la guerra terrestre y el
componente más importante del proceso de Bonn.
El general Abdul Rashid Dostum, líder de la facción
uzbeka de la Alianza, anunció que boicoteará
el gobierno interino en protesta porque su demanda de la cartera
de Relaciones Exteriores fue rechazada.
El líder uzbeko controla gran parte del norte de Afganistán,
incluso la estratégica ciudad de Mazar-al-Sharif, y
es conocido por sus cambiantes alianzas.
Alguna vez, en los años 80, fue aliado de las fuerzas
de ocupación soviéticas, luego se pasó
a la resistencia de los mujaidines y después al régimen
de Najibullah respaldado por la Unión Soviética,
para luego pelear junto a Talibán y finalmente ser
opositor de ese grupo fundamentalista islámico.
Otro círculo de disentimiento está formado
alrededor de Pir Syed Ahmed Gailani, líder del grupo
de Peshawar patrocinado por Pakistán.
Un tercer grupo opuesto al acuerdo de Bonn es el encabezado
por el líder patán Gulbuddin Hekmatyar, quien
fuera originalmente promovido por Pakistán y respaldado
por Estados Unidos, pero que luego fue marginado y se autoexilió
para regresar hace dos meses a combatir a las fuerzas estadounidenses.
Hekmatyar podría agruparse con otros miembros sureños
de la etnia patán y crearle problemas a Karzai, originados
en la subrepresentación de los patanes en el gobierno.
Karzai pertenece a la etnia patán, al igual que otros
10 miembros de su gobierno, que incluye también a ocho
tajikos, cinco hazaras y tres uzbekos. Sólo hay dos
puestos ocupados por mujeres en la administración interina.
La representación de los patanes en el gabinete corresponde
aproximadamente a su porcentaje de la población, de
40 por ciento, pero la identidad patán de los ministros
es meramente nominal, dado que sólo dos de los cinco
hablan la lengua patán.
Por el contrario, los tajikos están muy bien representados
en el gobierno interino, y también en la Alianza del
Norte. La alianza está dirigida por el canciller Abdullah
Abdullah, el ministro del Interior Younis Qanooni y el ministro
de Defensa Abdul Fahim, todos tajikos.
La mayoría de los líderes patanes integraban
el grupo Talibán, y llevará algún tiempo
sacarlos, soborno mediante, de ese movimiento. También
hay divergencias entre los patanes sobre el papel otorgado
al ex rey Zahir Shah, aparentemente por insistencia de Estados
Unidos.
El rey fue depuesto en 1973, luego de un gobierno impopular.
Desde entonces, no volvió a Afganistán, ni
siquiera tras la retirada soviética de 1989.
Pero Estados Unidos parece opinar que sociedades como la
afgana son irremediablemente feudales.
Washington tuvo la oportunidad de obtener para Afganistán
un gobierno neutral bajo el patrocinio de la ONU hasta que
se dieran las condiciones para una Constitución democrática
y un gobierno representativo en un país devastado por
más de dos décadas de guerra, pero la desperdició.
Los partidarios de Estados Unidos sostienen que sus opciones
se redujeron cuando la Alianza del Norte tomó Kabul,
en contra de la promesa de Washington de esperar hasta que
estuviera instalado un gobierno interino.
Pero esa afirmación es falsa. La Alianza del Norte
no hubiera podido tomar Mazar-al-Sharif, mucho menos Kabul,
sin el fuerte respaldo aéreo de Estados Unidos que
debilitó las defensas de Talibán. Washington
debía demostrar resultados rápidamente.
Estados Unidos atrajo a la ONU al esfuerzo de formar un nuevo
gobierno a través de Lajdar Brahimi, un diplomático
que había abandonado disgustado su cargo de enviado
a Afganistán en 1999.
Antes, Washington había pasado por alto reiteradamente
al foro mundial, y ni siquiera obtuvo el mandato del Consejo
de Seguridad para usar la fuerza contra el régimen
Talibán, que se negó a entregar a Bin Laden.
La participación de la ONU no impidió a Estados
Unidos ejercer sus propias presiones para garantizar que el
acuerdo de Bonn fuera respaldado por numerosas facciones afganas.
Fue a instancias de Washington que Burhanuddin Rabbani, el
presidente derrocado por los Talibán en 1996, acordó
retirar sus objeciones hacia algunos candidatos al gobierno
interino y aceptó su propio eclipse político.
Estados Unidos también aseguró que la Alianza
del Norte abandonaría su oposición al despliegue
de una fuerza internacional de paz.
De manera similar, fue por insistencia de Washington que
Karzai cambió en pocas horas su posición favorable
a una amnistía condicional para el mulá Omar
por la de someterlo a la justicia.
La meta de la intervención de Estados Unidos en Afganistán
trasciende la destrucción del régimen Talibán
y la red Al-Qaeda y se relaciona con algo muy concreto: el
petróleo.
Afganistán es esencial para la extracción del
oro negro de la cuenca del mar Caspio, el segundo reservorio
de petróleo del planeta, dado que por su territorio
deberían pasar los oleoductos para transportar el mineral
de las repúblicas centroasiáticas hacia puertos
de Pakistán, Irán u otros países.
Entre 1995 y 1998, grandes empresas petroleras estadounidenses
presionaron para construir oleoductos entre Turkmenistán
y Pakistán a través de Afganistán, respaldadas
por Washington, que casi reconoció al gobierno Talibán.
El gobierno interino es visto con cierto grado de sospecha
por Pakistán e incluso por India, aunque ninguno de
los dos gobiernos manifestaron públicamente sus preocupaciones
debido al respaldo de Washington a Karzai.
Estados Unidos también podría dejar atrás
un legado de narcóticos. En los años 80, Washington
fue cómplice de comandantes patanes cultivadores de
adormidera que financiaban su "guerra santa" contra
la Unión Soviética mediante el opio y la heroína.
Pakistán liberó de la prisión, probablemente
por insistencia de Washington, al barón de la droga
Ayub Afridi, quien había cumplido apenas algunas semanas
de una sentencia de siete años.
Anteriormente, Afridi había sido condenado en Estados
Unidos, pero misteriosamente fue liberado. Se prevé
que forjará alianzas entre comandantes patanes dispersos
con quienes mantiene excelentes contactos.
Claramente, Estados Unidos está creando una segunda
línea de defensa por si Karzai fracasa. Pero sus métodos
son muy intrincados, y finalmente, serán los afganos
quienes paguen el precio. (FIN/IPS/tra-en/pb/rdr/js/mlm/ip/01)
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