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DUBAI, 16 nov (IPS) El vacío de poder en Afganistán
tras la caída de Kabul en poder de la Alianza del Norte
crea una oportunidad para la intervención de la Organización
de las Naciones Unidas (ONU), marginada en los últimos
meses.
"La ONU nunca tuvo una oportunidad como ésta
para intervenir y hacer algo correcto", sostuvo Timothy
Garden, del Real Instituto de Estudios Estratégicos,
de Londres.
El representante de la ONU para Afganistán, Lakhdar
Brahimi, ha realizado gestiones para formar un gobierno en
reemplazo del movimiento fundentalista Talibán, pero
el foro mundial permaneció al margen de las decisiones
militares.
Tras los atentados del 11 de septiembre en Nueva York y Washington,
Estados Unidos lanzó una campaña internacional
contra el terrorismo, y pidió al Talibán la
entrega incondicional del saudita Osama bin Laden, a quien
considera responsable de aquellos atentados.
La negativa del Talibán condujo el 7 de octubre al
comienzo de bombardeos contra el territorio afgano controlado
por ese movimiento.
La Alianza del Norte, que luchaba desde hace años
contra el Talibán, coordinó sus acciones militares
con Washington, y aprovechó los bombardeos para avanzar
hacia Kabul y ocuparla el martes, luego de que fuera abandonada
por las fuerzas del Talibán.
Washington no deseaba que la Alianza ingresara a la capital
afgana, porque aún no había concluido sus gestiones
diplomáticas para establecer un gobierno con amplia
base étnica, que sucediera al Talibán con ciertas
garantías de estabilidad.
En la Alianza predominan minorías étnicas afganas,
entre ellas las de los tajikos, uzbekos y hazaras, y la mayor
etnia de Afganistán son los pashtun o patanes, predominantes
en el Talibán.
Algunas de las soluciones manejadas por Brahimi se basan
en el antecedente de planes de la ONU para Camboya, Timor
Oriental y la provincia serbia de Kosovo.
El acuerdo de paz para Camboya, firmado hace una década,
puso al foro mundial a cargo de la administración de
ese país hasta la realización de elecciones,
y es "el primer modelo en el que todos piensan"
para una transición en Afganistán, dijo Nanvy
Soderberg, ex representante estadounidense en el Consejo de
Seguridad.
Las situaciones de Camboya y Afganistán tienen en
común antecedentes de décadas de guerra, gobiernos
comunistas y abrumadora influencia de otros países,
indicó Amin Saikal, profesor del Centro de Estudios
Arabes e Islámicos de la Universidad Nacional Australiana.
Lograr la estabilidad en Afganistán "es posible
pero difícil, debido a las profundas divisiones entre
grupos étnicos, tribales y lingüísticos,
en especial durante los últimos 30 años",
añadió.
Algunos expertos temen que se repitan los graves episodios
de violencia y destrucción que acompañaron la
toma de Kabul en 1992 por parte de guerrilleros islámicos
que derrocaron en 1992 a un gobierno comunista apoyado por
fuerzas de ocupación de la Unión Soviética
de 1979 a 1989.
Muchos de aquellos guerrilleros integran en la actualidad
la Alianza del Norte.
Es probable que comience una nueva y prolongada guerra civil
con bases étnicas, si la Alianza aprovecha el control
de Kabul para bloquear una participación importante
de los patanes en el gobierno, según los especialistas.
De los años 30 a los 70, las etnias afganas cooperaron
entre sí, en gran medida por la conducción del
rey Mohammed Zahir Shah, derrocado en 1973 y exiliado desde
entonces en Roma.
"Es necesario crear un Consejo Supremo que sea el centro
de gravedad político, en torno al cual pueda desarrollarse
en forma gradual un sistema de gobierno. Eso puede lograrse
bajo supervisión de la ONU", afirmó Saikal.
El retorno del derrocado rey podría contribuir a crear
ese centro de gravedad, ya que muchas facciones afganas reconocen
su autoridad, pero el propio Shah, de 84 años de edad,
parece poco dispuesto a asumir un papel de liderazgo, y prometió
regresar a su país como un "trabajador",
más que como un "soberano".
Sin embargo, la ONU trabaja sobre la hipótesis de
que el ex monarca todavía puede desempeñar un
papel unificador.
El Consejo de Seguridad ha manejado un plan para Afganistán
que prevé dos años de gobierno de transición
multiétnico, con presencia de una fuerza de seguridad
multinacional.
El envío de una fuerza de mantenimiento de la paz
no corresponde porque no existe un acuerdo de paz que cumplir,
y la creación de una fuerza de seguridad exclusivamente
afgana parece improbable mientras persistan los conflictos
interétnicos.
El plan incluye la convocatoria de una Loya Jirga, tradicional
asamblea de líderes de grupos étnicos, para
avanzar hacia la formación de un gobierno de transición
y una nueva Constitución.
Estados Unidos ha señalado la conveniencia de que
una fuerza multinacional de paz en Afganistán sea formada
con tropas de países musulmanes.
Indonesia, el país musulmán más poblado,
anunció su disposición a integrar esa fuerza,
pero Egipto, uno de los principales aliados de Washington
en Medio Oriente, descartó participar en ella, por
temor a que sus soldados regresen convertidos en "terroristas".
Ese temor se debe a que egipcios que lucharon contra los
soviéticos en Afganistán en los años
80 participaron en actos de insurgencia en su país
durante los 90.
El Cairo sugirió apelar a tropas de naciones musulmanas
de Asia Oriental, y fuentes diplomáticas señalaron
que es probable que soldados de Alemania, Australia, Bangladesh,
Francia, Gran Bretaña, Jordania, Nueva Zelanda y Turquía
integren el contingente.
La ONU nunca reconoció al Talibán como gobierno
afgano, y la representación de Afganistñán
en el foro mundial aun corresponde al ex presidente Burhanuddin
Rabbani, derrocado en 1996 por el Talibán.
La Alianza asegura que no se propone gobernar el país,
sino participar en un proceso de paz conducido por Shah, y
el ex ministro de Defensa del gobierno de Rabbani, Younis
Qanooni, aseguró que el ex presidente tampoco reivindica
derecho a reasumir el poder.
El presidente de Irán, Mohammed Jatami, dijo al secretario
general de la ONU, Kofi Annan, que el foro mundial debería
tomar la iniciativa de consultar al pueblo afgano sobre la
formación de un nuevo gobierno.
La operación de la ONU en Camboya costó unos
1.600 millones de dólares, y Soderberg opinó
que la intervención del foro mundial en Afganistán
puede costar unos 45.000 millones, incluyendo tareas de reconstrucción.
"No será posible que la ONU se ocupe de Afganistán
sólo uno o dos años, supervise elecciones y
se retire", advirtió Saikal.
"Todos los actores, incluyendo al ex rey, a integrantes
de la Alianza del Norte y del Talibán y a representantes
de minorías étnicas, deben alcanzar un acuerdo
que la comunidad internacional ratifique", opinó
Carl Thayer, observador del foro mundial en las elecciones
camboyanas de 1993. (FIN/IPS/tra-eng/nj/ral/mp/ip/01)
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