| WASHINGTON, 19
dic (IPS) Estados Unidos debe decidir de qué manera continuará
su guerra contra el terrorismo, ahora que derrotó en
Afganistán al grupo fundamentalista islámico Talibán
y arrancó a la red Al Qaeda (La Base) de sus últimos
reductos en las montañas de Tora Bora, cerca de la frontera
con Pakistán.
La guerra no sólo confirmó la eficacia militar
de Washington, sino que también estableció el
antiterrorismo como argumento para la intervención
de Estados Unidos en casi cualquier parte del mundo, así
como el anticomunismo lo fue durante la guerra fría.
Algunos altos funcionarios, en especial el secretario de
Defensa Donald Rumsfeld, insistieron en que queda mucho por
hacer dentro de Afganistán, principalmente encontrar
al mulá Mohammed Omar, líder supremo de Talibán,
y al saudí Osama bin Laden, el principal sospechoso
de los atentados del 11 de septiembre.
Funcionarios estadounidenses expresaron frustración
ante evidencias de que sus supuestos aliados de la etnia patán
(pashtun), la misma de los Talibán, podrían
en realidad haber ayudado a ocultar a Bin Laden o a sacarlo
de Afganistán.
Sin encontrar al hombre "más buscado" del
mundo, Washington no podrá declarar una victoria total.
Dado que el nuevo gobierno de Afganistán carecerá
de incentivos para encontrar a los "malhechores",
serán las fuerzas estadounidenses quienes deban buscar
y destruir los restos de Al Qaeda, la red de Bin Laden, sea
en Afganistán o al otro lado de la frontera con Pakistán.
Según esas fuerzas, la parte más difícil
de la guerra recién ha empezado, y en ella la fuerza
aérea y los aliados locales no tendrán un papel
tan destacado como hasta ahora.
Algunos funcionarios de gobierno están ansiosos porque
Washington despliegue su espectáculo antiterrorista
antes de que el público estadounidense pierda interés
y comience a preocuparse por el peligroso estado de la economía
nacional.
Dentro del gobierno de George W. Bush y en el Congreso crece
el apoyo a una campaña militar contra el presidente
de Iraq, Saddam Hussein, en particular por el éxito
inesperadamente rápido de la estrategia en Afganistán.
Una encuesta de opinión reveló que la mayoría
del público está a favor de una acción
contra el líder iraquí.
"¿Después de Afganistán, qué?",
preguntó Eliot Cohen, profesor de estudios estratégicos
de la Facultad de Estudios Internacionales Avanzados de la
Universidad Johns Hopkins, en una columna publicada el martes
en The Wall Street Journal.
"Iraq es el gran premio", respondió Cohen,
quien tiene estrechos vínculos con los líderes
civiles de línea dura del Pentágono (Departamento
de Defensa).
Aunque algunos funcionarios confirmaron que hay planes de
contingencia en curso para una guerra contra Bagdad, las fuerzas
estadounidenses podrían apuntar a otros objetivos,
aunque a un nivel mucho más reducido, luego de la campaña
en Afganistán.
Hace 10 días, por ejemplo, 19 soldados estadounidenses
se incorporaron a las tropas de Filipinas en la provincia
de Mindanao para reforzar a las fuerzas que luchan contra
el grupo guerrillero islámico Abu Sayyaf, al que el
gobierno cree vinculado con Al Qaeda.
Además, el Pentágono está usando sus
antiguas bases en Filipinas por primera vez desde que fue
expulsado, en 1991.
Mientras, Bush trata de persuadir al Congreso de reanudar
los vínculos militares -suspendidos por cuestiones
de derechos humanos- con Indonesia, en base a la admisión
de Yakarta de que Al Qaeda ayudó a establecer en Sulawesi
campos de entrenamiento de Laskar Jihad, un grupo radical
islámico que lucha contra los cristianos en esa provincia,
y en las islas Molucas.
Varios planificadores de la política estadounidense
están claramente interesados en Yemen y Somalia, donde
se cree que Al Qaeda tiene operadores y seguidores que tratarían
de escapar luego de la derrota de su grupo en Afganistán.
Tanto Estados Unidos como Francia y Gran Bretaña ampliaron
su presencia naval en el área para poder detener buques
con cargamentos sospechosos.
Es improbable una gran operación militar contra el
nuevo gobierno interino de Somalia, al que Etiopía
acusa de haber sido infiltrado por Al Qaeda.
Sin embargo, la semana pasada, una delegación estadounidense
de nueve miembros mantuvo conversaciones con militares etíopes
y grupos opositores somalíes en Puntland, supuestamente
para evaluar la factibilidad de ataques en Somalia contra
individuos específicos vinculados con la red de Bin
Laden.
Washington y el gobierno de Yemen, antes acusado de no cooperar
en la investigación del ataque suicida del año
pasado contra el buque de guerra estadounidense Cole, en el
puerto de Aden, también intensificaron sus vínculos
militares y de inteligencia desde el 11 de septiembre.
Se sospecha que los recientes ataques de fuerzas yemenitas
contra áreas tribales donde hay supuestos partidarios
de Al Qaeda fueron realizados a instancias de Estados Unidos,
luego de las conversaciones entre Bush y el presidente yemenita
Alí Abdullah Saleh, en Washington.
Los ataques fueron una respuesta a la negativa de líderes
tribales a entregar a individuos vinculados con Al Qaeda por
los servicios de inteligencia de Estados Unidos.
Se cree que Washington entregó listas similares a
otros gobiernos de la región, principalmente Sudán,
que ya entregó a dos hombres requeridos por Estados
Unidos y arrestó a más de 20 desde el 11 de
septiembre.
Mientras, la nueva posición de Washington en el corazón
de Asia central, rica en petróleo y gas natural, ha
transformado el paísaje geopolítico de la región.
Aunque el Pentágono ya realizaba ejercicios militares
conjuntos con algunas repúblicas ex soviéticas
desde hace algunos años, ahora le llueven invitaciones
de los gobernantes autoritarios de esos países para
utilizar sus bases.
El gobierno de Bush, muy vinculado con la industria petrolera
estadounidense, parece ansioso por aprovechar su creciente
influencia en la región, como lo demostraron las recientes
visitas de Rumsfeld y el secretario de Estado Colin Powell,
si bien cabe esperar una fuerte reacción de Rusia y
China.
Además, el anuncio de Rumsfeld la semana pasada de
que el Congreso levantaría las condiciones para la
ayuda militar a Armenia y a su rival Azerbaiyán sugiere
intenciones de consolidar la influencia en el área
del mar Caspio, todo en nombre del antiterrorismo.
La repentina influencia de Washington en Asia central y el
mar Caspio, así como su abrupto retiro del tratado
sobre misiles antibalísticos celebrado con la Unión
Soviética en 1972, ponen de relieve hasta qué
punto el éxito militar en Afganistán alentó
a las fuerzas unilateralistas de la administración
Bush. (FIN/IPS/tra-en/jl/mlm/ip/01)
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