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NUEVA DELHI, 27 dic (IPS) India y Pakistán se acercan
cada vez más a una guerra abierta, a medida que sus
gobiernos elevan el tono de su retórica hostil y movilizan
tropas, tanques, artillería pesada y cazas a lo largo
de la frontera.
Nueva Delhi lanzó una ofensiva diplomática
la semana pasada al llamar a su embajador en Islamabad y cancelar
los servicios de tren y autobús entre la ciudad pakistaní
de Lahore y la capital india.
India exige que Pakistán tome medidas contra Lashkar-e-Toiba
(Soldados de Dios) y Jaish-e-Mohammed (Ejército de
Mahoma), dos grupos separatistas cachemiros establecidos en
territorio pakistaní a los que culpa del ataque del
13 de este mes contra el parlamento indio.
En el atentado murieron 14 personas, incluidos los cinco
terroristas suicidas.
Pakistán congeló los activos de Lakshar-e-Toiba
y arrestó al líder de Jaish-e-Mohammed, Maulana
Masood Azhar, pero India consideró insuficientes esas
medidas y reclamó la extradición de Azhar para
juzgarlo.
En respuesta al despliegue de misiles de Pakistán
en la frontera común, el ministro de Defensa de India,
George Fernandes, dijo el miércoles que "los sistemas
de misiles están en posición".
En medio del patrioterismo, surgieron rumores sobre la movilización
de los misiles con capacidad nuclear Hatf, de Pakistán,
y Prithvi, de India, pero todavía ninguno de ambos
países montaron ojivas atómicas en ellos.
Jana Krishnamurthy, presidente del Bharatiya Janata Party
(BJP, Partido Nacionalista Hindú), que encabeza la
coalición de gobierno de India, advirtió a Pakistán
que si usa una bomba nuclear contra India, "dejará
de existir".
Esta fue la primera referencia a un ataque nuclear en medio
de la guerra verbal.
India y Pakistán, surgidos como naciones separadas
en la independencia del imperio británico en 1947,
libraron dos guerras abiertas en 1965 y 1971 y una no declarada
en 1999 a raíz de su disputa por Cachemira, el único
estado indio de mayoría musulmana.
Nueva Delhi acusa a Islamabad de entrenar y proveer armas
a los grupos separatistas cachemiros, pero el gobierno pakistaní
sostiene que sólo les brinda "apoyo moral y diplomático"
y que no son terroristas sino "combatientes por la libertad".
Según Pakistán, su movimiento de misiles tiene
fines disuasorios, pero su doctrina militar le permite realizar
un primer ataque nuclear contra fuerzas convencionales de
India.
Nueva Delhi, en cambio, se adhiere a la doctrina que evita
el "primer uso" de armas nucleares, aunque en la
práctica, esto podría no significar demasiado.
La distancia estratégica entre los dos países
es muy corta, y la hora de vuelo de misiles entre sus ciudades
fronterizas varía apenas entre tres y ocho minutos.
Una guerra convencional los llevaría inexorablemente
a una conflagración nuclear, como en una tragedia griega
en que los personajes carecen de control sobre sus propios
actos.
El conflicto podría estallar mientras miles de soldados
pakistaníes están estacionados a lo largo de
la frontera con Afganistán para impedir la entrada
de militantes de Talibán, el grupo extremista derrocado
en noviembre en ese país, y de la organización
terrorista Al-Qaeda.
El Cuerpo 11 de Peshawar, actualmente sobre la frontera afgana,
es fundamental para respaldar un ataque contra India a lo
largo del "límite internacional", que se
extiende desde Kutch hasta Punjab.
Pakistán desplegó su segundo mayor cuerpo de
ataque, la Reserva del Norte, de 70.000 hombres, en el corredor
Jhelum-Chhamb, donde India es vulnerable. Decenas de soldados
murieron en escaramuzas en los últimos días.
Una vez que comience una operación militar significativa,
será difícil controlar a los perros de la guerra.
El gobierno de Atal Behari Vajpayee está bajo creciente
presión interna, principalmente de la extrema derecha
del BJP, para castigar a Pakistán por no tomar medidas
enérgicas contra los sospechosos del atentado del día
13.
Sin embargo, India no ha mostrado sus supuestas pruebas contra
los acusados, salvo a Estados Unidos, Gran Bretaña
y otros países europeos.
Entre los funcionarios indios que claman por la guerra se
cuentan el ministro del Interior, Lal Advani; el presidente
del BJP, Krishnamurthy, y el ministro jefe del norteño
estado de Uttar Pradesh, Rajnath Singh.
Para ellos, sólo una operación militar puede
rescatar al BJP en Uttar Pradesh, el estado más poblado
de India (140 millones de habitantes) y su termómetro
político, donde se celebrarán elecciones legislativas
en febrero.
El pasado jueves, esos funcionarios advirtieron a Vajpayee
que si no hay un ataque militar contra Pakistán, el
BJP perderá el gobierno en Uttar Pradesh, lo que podría
provocar el colapso de la endeble coalición gubernamental.
En términos militares, las opciones de India son muy
limitadas.
India podría lanzar ofensivas terrestres o ataques
aéreos de precisión contra "campos de entrenamiento"
de terroristas en la parte pakistaní de la región
de Cachemira.
Así mismo, podría realizar "persecuciones"
a través de la llamada Línea de Control, que
divide a Cachemira entre ambos países, contra supuestos
militantes, y también lanzar lo que espera sea una
operación "corta y rápida" al oeste
de Cachemira.
Sin embargo, Nueva Delhi carece de información precisa
sobre la ubicación de los escasos campamentos de entrenamiento
cerca de la frontera, dado que la mayoría se trasladaron
al interior de Pakistán.
Además, la mayoría de los militantes cachemiros
no se entrenan en instalaciones permanentes.
Dadas las limitaciones de información de India, los
ataques aéreos desde gran altitud serían ineficaces,
y los vuelos bajos serían muy vulnerables. La mayoría
de los campamentos sospechosos están fuera del alcance
de la artillería.
Por otra parte, las persecuciones por tierra serían
jurídicamente problemáticas y tendrían
altas probabilidades de extenderse y transformarse en un conflicto
declarado.
Hoy por hoy, no es posible una "guerra limitada"
entre India y Pakistán. Dada su relativa paridad estratégica,
cualquier confrontación duraría varias semanas.
Una ofensiva india provocaría ataques de represalia
de Pakistán con toda seguridad, porque el presidente
pakistaní, Pervez Musharraf, no puede permitirse mostrar
debilidad hacia India en momentos en que es blanco de duras
críticas de grupos radicales islámicos.
Tras la derrota de Talibán en Afganistán, favorecida
por el apoyo de Pakistán a la "guerra contra el
terrorismo" de Estados Unidos, Musharraf no tiene otra
opción que responder con dureza.
El presidente pakistaní es acusado de traicionar a
los Talibán y "venderse" a Estados Unidos.
El hermano del ministro del Interior fue asesinado por grupos
extremistas.
Una guerra prolongada destruiría la frágil
economía pakistaní y provocaría graves
dificultades a la economía india por muchos años.
Además, no hay garantías de que India pueda
ganar tal guerra.
Pakistán no es a India lo que la franja de Gaza es
a Israel o Afganistán a Estados Unidos.
Aun si India ganara la guerra, ésta provocaría
la caída (o el asesinato) del general Musharraf, un
colapso general de Pakistán y su desintegración
en distintos grupos étnicos.
Pero el colapso de una potencia nuclear fronteriza con India
tendría a su vez efectos devastadores, por lo tanto
el propósito legítimo de cualquier operación
"antiterrorista" de Nueva Delhi no puede ser la
desintegración de Pakistán, sino una acción
eficaz para combatir el extremismo y poner a su vecino en
el camino de la moderación.
Por estas razones, no resulta sorprendente que los jefes
de las fuerzas armadas de India sean renuentes a lanzar ataques
militares y partidarios de la vía diplomática,
al igual que la mayoría de los generales y almirantes
retirados.
La desconexión entre el consejo de contención
de esos militares y el patrioterismo de los líderes
políticos es un mal presagio para India, porque podría
conducir a una operación militar desordenada y de alto
riesgo que se saldría de control con facilidad.
En cuanto a las opciones no militares, Vajpayee está
bajo presión de la derecha para aumentar la hostilidad
"gradualmente", hasta que la guerra se vuelva inevitable.
Las medidas consideradas incluyen la reducción a la
mitad de la misión diplomática de India en Pakistán,
la prohibición de los vuelos de Pakistan Airlines sobre
territorio indio, y la cancelación del estatuto comercial
de nación más favorecida.
Nueva Delhi podría incluso derogar el Tratado de Aguas
de 1960 y privar de agua dulce a Pakistán.
Estas medidas generarían un mayor resentimiento en
Pakistán y parecerían irrazonables y malintencionadas
incluso a los pakistaníes moderados.
La derogación del Tratado de Aguas equivaldría
a sitiar económicamente a Pakistán, lo cual
es inadmisible en el derecho internacional.
Tales medidas extremas sólo empujarían a los
extremistas pakistaníes al camino del terrorismo, y
esto sería en sí mismo una derrota para India.
Es de esperar que India reestudie sus opciones en forma razonable
y explore el camino de la negociación y la cooperación.
(FIN/IPS/tra-en/pb/rdr/js/mlm/ip/01)
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